
El 15 de Mayo ya publique la primera parte de esta extraña historia por la que me ví envuelto en un trofeo inernacional de furbo en la localidad Napolitana de Paestum. Aqui teneis el desenlace:
Ya tenía botas, me las prestaba mi primo sindicalista Lolo, ya tenía los billetes de avión, llevaba dieciseis años sin montarme en un aparato de esos, ya tenía mi equipación, sudaría la elástica nacional con mi nombre y el número trece, ya tenía mi puesto, en el centro del campo por la banda izquierda (uno en el que no estorbara mucho, como pedí), ya tenía la experiencia de un partio de entrenamiento la jornada anterior a la partida hacía Italia y ya tenía las maneras y las intenciones.
Las botas me quedaban un porquitín chicas, el avión me acojonó bastante, hubiese preferío una camiseta amarilla y no rojigualda, la experiencia era clatramente insuficiente pero en ese sitio del campo me encontrba mu agusto, podía demostrar mis buenas e innatas maneras y mis intenciones, hacerlo lo mejor posible y ya que estaba ganar, que no estaría nada mal, por lo menos por cambiar.
Y entonces sonó el silbato, no me lo podía creer. Once ingleses enfrente de once gaditanos que no se conocían de na, un balón rodando, un campo de cesped como los de verdad y un sol mañanero que me hacía sudar la camiseta aunque no corriera. Me froté los ojos , me tiré un pelizco y de nuevo me dí cuanta que todo esto no era un sueño.
Los rubitos ingleses jugaban con dureza, se encerraban bien atrás, eran fuertes, veloces y mu vacilones. Los de mi equipo la tocaban bien y buscaban sin mucho acierto la puerta rival. El tiempo iba pasando mientras yo intentaba deshacerme lo más rápidamente posible de la pelota a la vez que tapaba la zona del campo que me había sido encomendada y no dejaba respirar a un gafa ingles mu educadito que queria entrar por mi banda.
Entonces ocurrió. Un contragolpe, me la pasan, con mi zurda me deshago del balón en largo y le llega a un compi, después me dí cuenta que era la estrella del equipo, que se interna en el area. Yo corro por detrás de él leo su nombre en la camiseta, Quino, y al ver que estaba completamente solo lo llamo varias veces, con tantas ganas que hasta se fia de mi y me la pasa. A partir de ahí no recuerdo na en unos instantes, sólo que el balón lo metí, aún no se bien como, dentro de la red. ¡Que subidón! ¡que alegría! ¡Que emoción! Me dí la vuelta y corrí como loco, un par de volterera, posturita del arquero tirando una flecha hasta el cielo y besos y abrazos a todos mis compañeros.
Nadie se lo podía creer, yo el que menos, los ingleses se hundieron, mis compañeros comenzaron a creer en la victoria, tomaron moral, si este pantomimo puede yo también pensaron, y todos a meter goles.
No solo ganamos el primer partido sino que segundo, la final, también la ganamos frente a los azzurros anfitriones. Mi buena estrella se fue agotando a medida que pasaba el tiempo y los partidos, el cansancio, la lesiones, el conformismo por el deber cumplido y sobre todo las dos horas de sueño previas a la final pasaron facturas.
Una experiencia impresionante, pero como siempre, lo mejor, la posibilidad de conocer tanto a los integrantes de mi equipo con los cuales surgió un vínculo fuerte e inmediato, como a unos cuantos de chiflados personajes italianos.
Las peripecias del viaje, la loca noche de la final del mundial en Roma, el millón de imprevistos y contratiempo y las ruinas y discotecas visitadas, mejor lo dejamos pa otro momento.